sábado, 5 de noviembre de 2011

sábado, 10 de septiembre de 2011

martes, 28 de junio de 2011

La mentira de los nacionalismos

Discurso nacionalista

El tortazo del maestro

Jesús Royo en La Voz Libre.






En la película La ràbia la escena principal es en una escuela de la posguerra, un maestro conmina a un niño a hablar como debe ser, '¡en español!' Y de paso le propina un sopapo descomunal. Naturalmente, aquel niño conserva dentro de sí la rabia para toda su vida. Esa rabia le llevará a la militancia nacionalista –o sea, lingüística.

Estoy seguro de que gran parte de las actuales vocaciones sociolingüísticas provienen de los tortazos de los maestros franquistas. Y quien dice tortazos dice cualquier violencia, cualquier sensación de ridículo, vergüenza o impotencia. Situaciones frustrantes relacionadas con el conflicto lingüístico. Creo que sería una terapia saludable, un ejercicio higiénico y un buen servicio al país, que cada cual explicase aquel 'trauma decisivo' que le llevó a adoptar una militancia determinada. Examinando las respectivas biografías, sobre todo de la gente que manda, quizá nos explicaríamos muchas cosas y nos ahorraríamos algunas decisiones claramente erróneas, que pueden complicar nuestro futuro colectivo.

Explico mi caso. En los años cincuenta, en mi calle sólo se hablaba castellano. Para mí, el catalán era la lengua de algunas familias y de alguna misa en la parroquia. La escuela era toda en castellano, mi lengua. En la adolescencia, descubrí que mis amigos catalanes no habían tenido la misma suerte que yo: se les había negado la escuela en su lengua. Fue por solidaridad con ellos, y por vergüenza por que mi lengua hubiese servido para humillar a mis amigos, que me puse a aprender el catalán con pasión. Tanta, que enseguida lo escribía y a los diecinueve años lo enseñaba.

¿Queréis un pronóstico? La inmersión en la escuela pronto empezará a producir 'militantes castellanistas', fruto de alguna humillación escolar (tortazo y 'en català!'). Y también veremos algunos 'desertores catalanohablantes', avergonzados por el hecho de que se utilice el catalán para humillar a sus amigos castellanohablantes. ¿Os jugáis algo?

Catalunya inhóspita

La silla de Zapatero

ZP, el Harry Potter autonómico

sábado, 14 de mayo de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

viernes, 14 de enero de 2011

La discriminación no es positiva


Xavier Pericay en ABC


Ejemplos los hay a miles. En todas partes y en cualquier época. Basta con que un gobierno se proponga favorecer a ciertos colectivos en vez de ocuparse de cada ciudadano por igual, sin distinción de raza, sexo, lengua, ideología o religión. O sea, basta con que un gobierno, por propia iniciativa o a instancias de no se sabe qué intereses más o menos decorosos, se proponga arreglar el mundo y, en vez de limitarse a garantizar, como sería su deber, que ningún individuo va a ser discriminado, se fije como objetivo que algunos miembros de la tribu, singularizados por determinados atributos, disfruten de unas prebendas que a los demás les están vedadas.
Entre los ejemplos antiguos, merece la pena recordar el aportado por Joseph Roth en uno de los artículos de su «Viaje a Rusia», fechado a comienzos de 1927. Explica Roth que las universidades soviéticas, tras años de alfabetización intensiva, no daban abasto, por lo que los políticos resolvieron que los hijos de campesinos y obreros tuvieran preferencia a la hora de acceder a la educación superior. Que muchos de ellos -lo constató el propio escritor en Leningrado- fueran manifiestamente incapaces de construir una frase con un mínimo de corrección, no constituía óbice alguno. Allí sólo contaban la ideología y sus intereses.
Como sucede también en el caso, mucho más próximo, de la flamante Ley de Educación Catalana -aunque aquí la ideología se vista de lengua-. La consagración del catalán como única lengua de enseñanza en Cataluña descansa en el cuento de que el idioma llamado propio requiere cuidados especiales y esos cuidados sólo se los puede facilitar un sistema educativo catalanizado de cabo a cabo. Lo cual no sólo es una barbaridad en lo tocante a los derechos de los ciudadanos, sino que, encima, es contraproducente para la supervivencia misma del idioma en cuestión. El uso del catalán, sin ir más lejos, ha perdido en el último lustro -el más impositivo de los seis que llevamos de normalización lingüística- más de 10 puntos porcentuales.
Y es que la discriminación siempre es negativa. Incluso la positiva. La mayoría de los datos -como ha demostrado Thomas Sowell en «La discriminación positiva en el mundo»- así lo corroboran. Y, aparte de los datos, lo corrobora la aplicación sensata de la ley. Y, si no, que se lo pregunten a la juez Sonia Sotomayor, candidata de Obama al Tribunal Supremo de EE UU, que acaba de ver cómo el mismo tribunal del que aspira a formar parte ha amparado en una sentencia a unos bomberos de raza blanca que habían perdido el puesto de trabajo por el color de su piel y a los que ella, siendo juez federal, no quiso dar la razón.