sábado, 10 de septiembre de 2011
martes, 28 de junio de 2011
El tortazo del maestro
Jesús Royo en La Voz Libre.

En la película La ràbia la escena principal es en una escuela de la posguerra, un maestro conmina a un niño a hablar como debe ser, '¡en español!' Y de paso le propina un sopapo descomunal. Naturalmente, aquel niño conserva dentro de sí la rabia para toda su vida. Esa rabia le llevará a la militancia nacionalista –o sea, lingüística.
Estoy seguro de que gran parte de las actuales vocaciones sociolingüísticas provienen de los tortazos de los maestros franquistas. Y quien dice tortazos dice cualquier violencia, cualquier sensación de ridículo, vergüenza o impotencia. Situaciones frustrantes relacionadas con el conflicto lingüístico. Creo que sería una terapia saludable, un ejercicio higiénico y un buen servicio al país, que cada cual explicase aquel 'trauma decisivo' que le llevó a adoptar una militancia determinada. Examinando las respectivas biografías, sobre todo de la gente que manda, quizá nos explicaríamos muchas cosas y nos ahorraríamos algunas decisiones claramente erróneas, que pueden complicar nuestro futuro colectivo.
Explico mi caso. En los años cincuenta, en mi calle sólo se hablaba castellano. Para mí, el catalán era la lengua de algunas familias y de alguna misa en la parroquia. La escuela era toda en castellano, mi lengua. En la adolescencia, descubrí que mis amigos catalanes no habían tenido la misma suerte que yo: se les había negado la escuela en su lengua. Fue por solidaridad con ellos, y por vergüenza por que mi lengua hubiese servido para humillar a mis amigos, que me puse a aprender el catalán con pasión. Tanta, que enseguida lo escribía y a los diecinueve años lo enseñaba.
¿Queréis un pronóstico? La inmersión en la escuela pronto empezará a producir 'militantes castellanistas', fruto de alguna humillación escolar (tortazo y 'en català!'). Y también veremos algunos 'desertores catalanohablantes', avergonzados por el hecho de que se utilice el catalán para humillar a sus amigos castellanohablantes. ¿Os jugáis algo?
En la película La ràbia la escena principal es en una escuela de la posguerra, un maestro conmina a un niño a hablar como debe ser, '¡en español!' Y de paso le propina un sopapo descomunal. Naturalmente, aquel niño conserva dentro de sí la rabia para toda su vida. Esa rabia le llevará a la militancia nacionalista –o sea, lingüística.
Estoy seguro de que gran parte de las actuales vocaciones sociolingüísticas provienen de los tortazos de los maestros franquistas. Y quien dice tortazos dice cualquier violencia, cualquier sensación de ridículo, vergüenza o impotencia. Situaciones frustrantes relacionadas con el conflicto lingüístico. Creo que sería una terapia saludable, un ejercicio higiénico y un buen servicio al país, que cada cual explicase aquel 'trauma decisivo' que le llevó a adoptar una militancia determinada. Examinando las respectivas biografías, sobre todo de la gente que manda, quizá nos explicaríamos muchas cosas y nos ahorraríamos algunas decisiones claramente erróneas, que pueden complicar nuestro futuro colectivo.
Explico mi caso. En los años cincuenta, en mi calle sólo se hablaba castellano. Para mí, el catalán era la lengua de algunas familias y de alguna misa en la parroquia. La escuela era toda en castellano, mi lengua. En la adolescencia, descubrí que mis amigos catalanes no habían tenido la misma suerte que yo: se les había negado la escuela en su lengua. Fue por solidaridad con ellos, y por vergüenza por que mi lengua hubiese servido para humillar a mis amigos, que me puse a aprender el catalán con pasión. Tanta, que enseguida lo escribía y a los diecinueve años lo enseñaba.
¿Queréis un pronóstico? La inmersión en la escuela pronto empezará a producir 'militantes castellanistas', fruto de alguna humillación escolar (tortazo y 'en català!'). Y también veremos algunos 'desertores catalanohablantes', avergonzados por el hecho de que se utilice el catalán para humillar a sus amigos castellanohablantes. ¿Os jugáis algo?
sábado, 14 de mayo de 2011
domingo, 20 de marzo de 2011
martes, 18 de enero de 2011
viernes, 14 de enero de 2011
La discriminación no es positiva
Xavier Pericay en ABC
Ejemplos los hay a miles. En todas partes y en cualquier época. Basta con que un gobierno se proponga favorecer a ciertos colectivos en vez de ocuparse de cada ciudadano por igual, sin distinción de raza, sexo, lengua, ideología o religión. O sea, basta con que un gobierno, por propia iniciativa o a instancias de no se sabe qué intereses más o menos decorosos, se proponga arreglar el mundo y, en vez de limitarse a garantizar, como sería su deber, que ningún individuo va a ser discriminado, se fije como objetivo que algunos miembros de la tribu, singularizados por determinados atributos, disfruten de unas prebendas que a los demás les están vedadas.
Entre los ejemplos antiguos, merece la pena recordar el aportado por Joseph Roth en uno de los artículos de su «Viaje a Rusia», fechado a comienzos de 1927. Explica Roth que las universidades soviéticas, tras años de alfabetización intensiva, no daban abasto, por lo que los políticos resolvieron que los hijos de campesinos y obreros tuvieran preferencia a la hora de acceder a la educación superior. Que muchos de ellos -lo constató el propio escritor en Leningrado- fueran manifiestamente incapaces de construir una frase con un mínimo de corrección, no constituía óbice alguno. Allí sólo contaban la ideología y sus intereses.
Como sucede también en el caso, mucho más próximo, de la flamante Ley de Educación Catalana -aunque aquí la ideología se vista de lengua-. La consagración del catalán como única lengua de enseñanza en Cataluña descansa en el cuento de que el idioma llamado propio requiere cuidados especiales y esos cuidados sólo se los puede facilitar un sistema educativo catalanizado de cabo a cabo. Lo cual no sólo es una barbaridad en lo tocante a los derechos de los ciudadanos, sino que, encima, es contraproducente para la supervivencia misma del idioma en cuestión. El uso del catalán, sin ir más lejos, ha perdido en el último lustro -el más impositivo de los seis que llevamos de normalización lingüística- más de 10 puntos porcentuales.
Y es que la discriminación siempre es negativa. Incluso la positiva. La mayoría de los datos -como ha demostrado Thomas Sowell en «La discriminación positiva en el mundo»- así lo corroboran. Y, aparte de los datos, lo corrobora la aplicación sensata de la ley. Y, si no, que se lo pregunten a la juez Sonia Sotomayor, candidata de Obama al Tribunal Supremo de EE UU, que acaba de ver cómo el mismo tribunal del que aspira a formar parte ha amparado en una sentencia a unos bomberos de raza blanca que habían perdido el puesto de trabajo por el color de su piel y a los que ella, siendo juez federal, no quiso dar la razón.
Adiós, muchachos
Xavier Pericay en ABC
Si son ustedes de los que tienen algún hijo en edad escolar, y ese hijo o esa hija no ha empezado aún el bachillerato, háganme caso: recojan sus cosas —y, entre ellas al hijo o la hija, claro— y lárguense. De verdad, no se lo piensen dos veces. Por un lado, eso de Cataluña, se mire por donde se mire, está cada día peor. Pero es que, además, entre que la nueva ley de educación va a aprobarse dentro de nada y que el Gobierno de la Generalitat parece dispuesto a aplicar la iniciativa ministerial por la que los estudiantes de primero de bachillerato que suspendan tres o cuatro asignaturas no tendrán que repetir curso, cualquier demora en la huida será fatal. ¿Que adónde hay que ir? Pues depende de sus posibilidades. Si le alcanza para una temporada en el extranjero, y a poder ser en un país civilizado, no le dé más vueltas y emprenda el viaje ya mismo. Si sólo le llega para una mudanza doméstica —y perdonen el anglicismo—, traten, ante todo, de que el lugar de destino no forme parte de eso que llaman los Países Catalanes, no vaya a suceder que salgan del fuego para caer en las brasas. Y, luego, procuren que el Gobierno de la Comunidad en la que sienten sus reales no sea copartícipe de la mencionada iniciativa ministerial, que es como decirles que se aseguren de que los socialistas forman parte de la oposición.
Por supuesto, todos esos consejos no tienen otro horizonte que el bienestar de sus muchachos. Y es que si mal estaban las cosas para un aspirante a bachiller, peor van a estar en adelante allí donde se aplique esa barbaridad que acaba de bendecir el Ministerio de Educación. ¿Cómo quieren que tome algún interés por sus estudios un chaval al que, después de haber suspendido tres o cuatro asignaturas —o sea, el cincuenta por ciento de la materia cursada—, le permiten no repetir el curso entero y matricularse únicamente de las que tiene pendientes? ¿Y al que incluso le dejan matricularse de las demás, de las que ya tiene aprobadas, con la garantía de que si saca peor nota le va a contar la del año anterior? ¿Cómo quieren que alguien así participe de la clase y se integre en el grupo de alumnos que, al cabo —si no vuelve a suspender tres o cuatro—, va a ser el que lo acoja —si no suspende por tercera vez— en su último curso como bachiller? Por no hablar, claro, de las dificultades que todas esas componendas acaban generando en la organización de los centros docentes, cuyos responsables bastantes problemas tienen ya con la falta de espacio, la conflictividad del alumnado, las carencias del presupuesto y la inestabilidad —laboral y psicológica— de maestros y profesores.
Entonces, quizá se pregunten ustedes, ¿a qué viene esa iniciativa, si no favorece a nadie? No se me ocurre más que una respuesta: la estadística. Cuanto más tiempo permanezcan esos chicos matriculados, más tarde aparecerán en las estadísticas del abandono escolar. Y a un político, por desgracia, no le interesa nada más.
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